Overblog Todos los blogs Blogs principales Estilo de vida
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

Reflexión con la Verdad.

Publicidad

Paulo Coelho. A Orillas del Río Piedra me Senté y Lloré.

9788408070641.jpgEn toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo.

 

 

 

Pero ¿qué ocurre cuando la timidez sacrifica un amor adolescente? ¿Y qué sucede cuando, al cabo de los años, el destino hace que una mujer reencuentre a su amado? A ella, la vida le ha enseñado a ser fuerte y a dominar sus sentimientos. A él, que posee el don de la curación, la religión le ha servido como refugio de sus conflictos interiores. Pero a ambos les une un solo deseo: el de cumplir sus sueños. El camino que habrán de recorrer es escabroso, y el sentimiento de culpa un obstáculo casi insalvable. Pero será a orillas del río Piedra, en un pueblecito del Pirineo, donde ambos descubrirán su propia verdad.

 

 

A orillas del río Piedra me senté y lloré es una novela fascinante y tierna que, con una prosa poética y transparente, nos sumerge de lleno en los misterios últimos de la vida y el amor. Como dijo Kenzaburo Oe (premio Nobel de Literatura 1994), Paulo Coelho conoce los secretos de la alquimia literaria.

 

 

Rara vez nos damos cuenta de que estamos rodeados por lo Extraordinario. Los milagros suceden a nuestro alrededor, las señales de Dios nos muestran el camino, los ángeles piden ser oídos…; sin embargo, como aprendemos que existen fórmulas y reglas para llegar hasta Dios, no prestamos atención a nada de esto. No entendemos que Él está donde le dejan entrar.

Las prácticas religiosas tradicionales son importantes; nos hacen participar con los demás en una experiencia comunitaria de adoración y de oración. Pero nunca debemos olvidar que una experiencia espiritual es sobre todo una experiencia práctica del Amor. Y en el amor no existen reglas. Podemos intentar guiarnos por un manual, controlar el corazón, tener una estrategia de comportamiento… Pero todo eso es una tontería. Quien decide es el corazón, y lo que él decide es lo que vale.

Todos hemos experimentado eso en la vida. Todos, en algún momento, hemos dicho entre lágrimas: «Estoy sufriendo por un amor que no vale la pena.» Sufrimos porque descubrimos que damos más de lo que recibimos. Sufrimos porque nuestro amor no es reconocido. Sufrimos porque no conseguimos imponer nuestras reglas.

 Es necesario correr riesgos, decía. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.

Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre un instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.

 

Y toda mujer, con un mínimo de sensibilidad, consigue leer los ojos de un hombre enamorado. Por absurda que parezca, por fuera de lugar y de tiempo que se manifieste esa pasión. Me acordé inmediatamente de las palabras de la mujer pelirroja de la fuente.

 

No era posible. Pero era verdad.

Mi corazón empezó de nuevo a dar señales de alarma.

 

Como si hubiese adivinado mi pensamiento, levantó el vaso para brindar conmigo desde el otro lado de la

 mesa.

— ¡Por el amor! —dijo.

También estaba un poco embriagado. Decidí aprovechar la oportunidad.

— Por los sabios, capaces de entender que ciertos amores son locuras de la infancia —dije.

— El que es sabio, sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor —respondió él.

 

— Un sujeto encuentra a un viejo amigo, que vive tratando de acertar en la vida, sin resultado. «Voy a tener que darle un poco de dinero», piensa. Sucede que, esa noche, descubre que su amigo es rico, y que ha venido a pagar todas las deudas que ha contraída en el correr de los años.

Van hasta un bar que solían frecuentar juntos, y él paga la bebida de todos. Cuando le preguntan la razón de tanto éxito, él responde que hasta unos días antes había estado viviendo el Otro.

— ¿Qué es el Otro? —preguntan.

— El Otro es aquel que me enseñaron a ser, pero que no soy yo. El Otro cree que la obligación del hombre es pasar la vida entera pensando en cómo reunir dinero para no morir de hambre al llegar a viejo. Tanto piensa, y tanto planifica, que sólo descubre que está vivo cuando sus días en la tierra están a punto de terminar. Pero entonces ya es demasiado tarde.

— Y tú ¿quién eres?

— Yo soy lo que es cualquiera de nosotros, si escucha su corazón. Una persona que se deslumbra ante el misterio de la vida, que está abierta a los milagros, que siente alegría y entusiasmo par lo que hace. Sólo que el Otro, temiendo desilusionarse, no me dejaba actuar.

— Pero existe el sufrimiento—dicen las personas del bar.

— Existen derrotas. Pero nadie está a salvo de ellas. Por eso, es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotado sin siquiera saber por qué se está luchando.

 

 

 

"Yo también lo cogí por los cabellos, lo abracé con toda mi fuerza, le mordí los labios, sentí que su lengua se movía dentro de mi boca. Era un beso que había esperado mucho.

Lo besé con fuerza. Las pocas personas que había en aquel bar debieron de mirarnos y pensar que aquello no era más que un beso. No sabían que en ese minuto de beso estaba el resumen de mi vida, de su vida, de la vida de cualquier persona que espera, sueña y busca su camino bajo el sol.

En aquel minuto de beso estaban todos los momentos de alegría que habla vivido.

 

Me quitó la ropa y me penetró con fuerza, con miedo, con deseo. Sentí algo de dolor, pero eso no tenía importancia. Como tampoco tenía importancia mi placer en ese momento. Le pasaba las manos por el pelo, escuchaba sus gemidos, y daba las gracias a Dios porque él estaba allí, dentro de mí, haciéndome sentir como si fuese la primera vez.

Nos amamos toda la noche, y el amor se mezclaba con el sueño y con los sueños. Lo sentía dentro de mí, y lo abrazaba para tener la certeza de que aquello estaba ocurriendo de verdad, para no dejar que se fuese de repente, como los caballeros andantes que algún día habían habitado el viejo castillo transformado en hotel. Las silenciosas paredes de piedra parecían contar historias de doncellas que se quedaban esperando, de lágrimas derramadas, y de días interminables en la ventana, mirando el horizonte, en busca de una señal o de una esperanza.

 

Durante toda la tarde estuve mirando las aguas del río Piedra. La mujer nos trajo bocadillos y vino, dijo algo sobre el tiempo y volvió a dejarnos solos. Más de una vez él interrumpió la lectura, y se quedó con la mirada perdida en el horizonte, absorto en sus pensamientos.

En cierto momento, resolví ir a dar una vuelta por el bosque, por las pequeñas cascadas, por las laderas llenas de historias y significados. Cuando empezaba a ponerse el sol, regresé al sitio donde le había dejado.

— Gracias —fue su primera palabra cuando me devolvió los papeles—. Y perdón.

A orillas del río Piedra me senté y sonreí.

— Tu amor me salva, y me devuelve los sueños — continuó.

Me quedé callada, sin moverme.

— ¿Conoces bien el salmo 137? —preguntó.

Dije que no con la cabeza. Tenía miedo de hablar.

— A orillas de los ríos de Babilonia…

— Sí, sí, lo conozco —dije, sintiendo que volvía poco a poco a la vida—. Habla del exilio. Habla de las personas que cuelgan sus cítaras porque no pueden cantar la música que les pide el corazón.

— Pero después de llorar de nostalgia por la tierra de sus sueños, el salmista se promete a sí mismo:

¡Jerusalén, si yo de ti me olvido,

que se seque mi diestra!

¡Mi lengua se me pegue al paladar

si de ti no me acuerdo…!

Sonreí una vez más.

— Me estaba olvidando. Y tú me haces recordar.

— ¿Crees que recuperarás tu don? —pregunté.

— No lo sé. Pero Dios siempre me dio una segunda oportunidad en la vida. Me la está dando contigo. Y me ayudará a encontrar mi camino.

— El nuestro lo interrumpí de nuevo.

— Sí, el nuestro.

Me cogió de las manos y me levantó.

— Vete a buscar tus cosas —dijo—. Los sueños dan trabajo.

 

Enero de 1994.

 

Extractos del Libro de Paulo Coelho.

A Orillas del Río Piedra me senté y LLoré.

 

 

Sciencenergy.

 

 

 

Publicidad
Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post
N
buenisimooo
Responder